Recomendación de la semana: Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote

No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi sitio y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene. Es como Tiffany’s.

*¡Cuidado! Esta reseña contiene spoilers

Tuve la grata sorpresa de recibir un ejemplar de Desayuno en Tiffany’s (Breakfast at Tiffanys), editado por Libros del Zorro Rojo, para reseñar en esta columna. Primeramente, la edición es bellísima; ilustrada por la aclamada artista canadiense Karen Klassen y con detalles que cualquier lector apreciará, tales como pequeños diamantes adornando páginas claves y colores vibrantes, es una edición ideal para cualquier seguidor de Capote o, incluso, para quienes desean encontrar un clásico entrañable y fácil de leer.

La novela, publicada en 1958, cuenta la historia de Holiday “Holly” Golightly y la fascinación que el narrador, un aspirante a escritor cuyo nombre desconocemos, siente hacia ella. Truman Capote nos sitúa con elegancia y precisión en épocas de la Segunda Guerra Mundial, en 1943 para ser exactos, en Nueva York.

Holly es una mujer joven -con apenas veinte años-, enigmática, siempre rodeada de un aura de ensueño e imposibilidad: gafas grandes, que cubren sus ojos avispados, collares de perlas, guantes largos, vestidos de diseñador. Ha logrado convertir su sufrimiento (que tiene de sobra) en lentejuelas y atavíos que la convierten en lo que cualquier joven desearía ser, en una socialité codiciadaSiempre está rodeada de amistades influyentes, pero no considera a ninguna verdadera, o al menos lo suficientemente importante como para sentir apegos. Su modo de ingreso no es para nada convencional e idóneo, se vale de conquistar hombres adinerados y pudientes, de visitas al tocador; aún con eso, su corazón no es aventajado ni malicioso, todo lo contrario.

No puedes acostarte con un tipo y cobrar sus cheques sin al menos intentar convencerte a ti misma de que le quieres.

Miss Golightly es descrita por uno de sus amigos como una “farsante auténtica”, por paradójico que esto suene, se entiende a lo largo de la obra.

No quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme. Esas son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a mí misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany’s.

El escritor- a quien nos referiremos como Paul, pues es el nombre que se le da en la adaptación cinematográfica de 1961- se muda al edificio en el que vive Holly; sólo hay un piso de diferencia entre el hogar de uno y de otro, una escalera de incendios los conecta mejor que cualquier pasillo o puerta. Una amistad real surge entre ellos, al tiempo que Paul hace esfuerzos por comprender la naturaleza salvaje y exótica de su nueva amiga, desvelando poco a poco cada uno de sus secretos. Juntos pasarán momentos que quedarán grabados en la memoria de él, quién sabe si en la de ella también.

Después paseamos hasta la Quinta Avenida, en donde había un desfile. Las banderas al viento, el retumbar de las bandas militares, no parecían tener relación alguna con la guerra…

Libro Vs Película

Necesitarás unos cuatro segundos para ir de aquí a la puerta, te concedo dos.

Tanto el filme como el libro son clásicos. Es difícil decidirse por uno o por otro. La adaptación es muy fiel a la obra original, pero los pocos cambios que tiene son radicales:

Paul Varjak:

Es el escritor interpretado por George Peppard, mismo que en el libro de Capote se mantiene como “anónimo”. Blake Edwards, director de Desayuno con diamantes (nombre que se le dio en español a la cinta) tuvo un acierto en nombrar a dicho personaje, aunque en el libro también constituye un buen detalle que sea incógnito.

La amante de Paul. 

En la película, vemos como Paul vive gracias a la mujer con quien tiene una aventura, una mujer con dinero y casada, quele da  dinero y comodidad a cambio de sus atenciones. Este recurso funciona en la pantalla, pues da un punto de similitud en el modo que tienen de ganarse la vida Varjak y Holly; en el libro, por el contrario, no existe dicho personaje femenino.

El tema musical de Holly

Moon River es una canción que forma parte de la banda sonora compuesta por Henry Mancini. La pieza se volvió famosa al ser interpretada en guitarra por Audrey; en el libro hay una canción que Holly canta, pero es totalmente distinta.

Sr. Yunioshi

En el libro aparece una mujer llamada Madame Spanella, quien siempre se queja de la joven Golightly. En la película está el Sr. Yunioshi, constantemente recriminando a la protagonista por sus escándalos; en la obra original, éste es un fotógrafo que sólo es mencionado un par de veces.

Joe Bell, el cantinero

En la novela de Capote tenemos a un cantinero llamado Joe Bell, quien es amigo de Holly y el escritor; en el filme, se elimina este factor.

El romance entre Holly y Paul

En el libro no hay relación amorosa, sino de amistad y camaradería. A lo mucho, Paul se siente fascinado e incluso admite para sí mismo sentir amor por Holly, pero la ama como amaría a un familiar o a una hermana.

El cambio más importante: el final

Si leíste el punto anterior, ya habrás deducido que el final es completamente diferente. Quiero extenderme un poco en este punto, ya que vi la película antes de leer Desayuno en Tiffany’s. No es que sea aficionada a los finales felices y románticos, pero cuando vi a Audrey Hepburn corriendo en la lluvia para salvar al gato y besar a Paul, mi corazón se conmovió.

Esperaba que esto fuera fiel a la novela, pero no fue así. En la historia original, Holly abandona al gato, se va a Brasil y no vuelve a ver a Paul jamás; hay un momento en el que corre a buscar al gato sin nombre, movida por una repentina culpa y deseos de rectificar las cosas, pero, al no encontrarlo, sigue con sus planes. Al principio, me decepcionó esto y quise quedarme con lo que había visto en la película. Pero, no mucho tiempo después, me di cuenta de que el que Holly se quedara con Paul, en su hogar y con el gato, era absurdo, dada su personalidad; de este modo, la premisa sería que era una mujer equivocada, en espera del verdadero amor, del hombre que la rescatara, que la cambiara para bien, no de la excentricidad única que la caracterizaba. La verdadera Holly no necesitó quien la salvara, ella misma hizo lo posible por conseguir un lugar en el que se sintiera en casa, sin importar dónde. No le importó a quién tendría que dejar atrás para conseguirlo. Finalmente, me quedo con el final del libro.

Las ilustraciones del Zorro Rojo

¡No podrían ser más perfectas! Probablemente, ésta es una de las ediciones más especiales de Desayuno en Tiffany’s.

Frases inolvidables

Lo que más disfruté de esta novela, además de los personajes tan bien diseñados, fueron las frases que encontré. Me hicieron sonreír, estremecerme, soñar. El estilo narrativo es sublime.

Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como me siento en Tiffany’s, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato.

Después paseamos hasta la Quinta Avenida, en donde había un desfile. Las banderas al viento, el retumbar de las bandas militares, no parecían tener relación alguna con la guerra…

Me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en cuestión de sentimientos, o puta: prefiero tener cáncer que un corazón deshonesto. Y esto no significa que sea una beata. Soy simplemente una persona práctica.

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Era como si sus ojos fuesen prismas fragmentados, y las notas azules y grises verdes no fueran más que pedazos rotos de su antiguo centelleo.

Mag se cegó. Y como la ginebra guarda la misma relación con el artificio que las lágrimas con el rímel, su atractivo se descompuso de forma instantánea.

No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell – le aconsejó Holly-. Esa fue la equivocación de Doc. Siempre se llevaba a su casa seres salvajes. (…) No hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo.

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